La Barriada/Martín Aguilar/No es el león como lo pintan

Luego que el fin de semana pasado se pensaba que fuera exitoso para Claudia Sheinbaum y para Marcelo Ebrard, corcholatas favoritas en la 4T para suceder a Andrés Manuel López Obrador, acabó en tremendas patinadas.

La jefa de Gobierno había iniciado bien el sábado, como anfitriona de más de mil alcaldes, síndicos y regidores del país, en el marco del Encuentro Nacional Municipalista, donde fue la muñeca del pastel.

Todo iba bien hasta que abandonó la ciudad para ir a Sinaloa, a una de sus acostumbradas conferencias sobre “buenas prácticas gubernamentales” en la CDMX.

La recibieron con porras y petición de selfies, antes de presumir las bondades de su administración. No esperaba que le pidieran explicar cómo es que si considera su gobierno tan bueno, haya perdido en la ciudad nueve de 16 alcaldías en 2021.

Intentó culpar a los conservadores de urdir una campaña negra utilizando la pandemia y la tragedia en la Línea 12 para influir en los votantes, dando a entender que los capitalinos se dejaron manipular.

La realidad es que los alcaldes de Morena son los peores calificados de la capital, según sus propias encuestas, por lo que, efectivamente, no tendría mucho de qué presumir.

Lo más grave es que esos cuestionamientos le abren un boquete al discurso que intenta llevar por toda la República para promoverse rumbo a 2024, porque, además de ineficientes, los morenistas son señalados como corruptos.

Y si Claudia se queja de campañas negras, tendría que explicar el hostigamiento de su gobierno en contra de la alcaldesa en Cuauhtémoc, Sandra Cuevas, y de los panistas Mauricio Tabe, Jorge Romero y Santiago Taboada, a quienes relaciona con un Cártel Inmobiliario.

Ante el derrapón de Sheinbaum, la mesa estaba servida para Marcelo, quien el sábado se reunió con mujeres en un pequeño salón y el domingo lo hizo ya en un evento más nutrido, donde lanzó un discurso muy poco afortunado.

Primero, porque dijo que, de ser presidente, impulsaría un gobierno de “continuidad con cambio”. Muchos entendieron que terminaría lo que ya está iniciado, pero cambiaría de rumbo. Quiso agradar a chairos y fifís; a ver cómo leen esto en Palacio Nacional.

Ebrard presumió una relación de 30 años con el Presidente de la República y aseguró que nunca lo ha traicionado y nunca lo hará, porque lo admira y lo quiere mucho.

“Yo sé que la política es muy baja a veces, pero yo no soy así. Yo soy una gente derecha”, aclaró.

¿Qué necesidad había de aclarar que jamás traicionará al Presidente? ¿Acaso alguien piensa lo contrario? Dicen que aclaración no pedida…

Y para coronar el día, se le ocurrió recordar que trató al tabasqueño durante un plantón que hizo en el Zócalo en los 90, en defensa de trabajadores petroleros, y que en ese tiempo negoció con él su desalojo, porque Carlos Salinas tenía que dar el Grito de Independencia.

Tocar esos temas cuando todo el mundo habla sobre el manejo del cash en la política es un error de primaria, sobre todo porque todos recuerdan cómo se negociaban los acuerdos. Vaya resbalón de los punteros.

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