Coordenadas Políticas / Martin Aguilar /La izquierda, un fracaso en Latinoamérica
Los resultados de la primera vuelta de la elección presidencial en Brasil colocan a América Latina en los linderos del 70% de gobiernos de derecha. La primera reacción de la izquierda es de sorpresa, para después recurrir al cómodo expediente de que los responsables de esta situación son la derecha internacional, el gobierno de EUA y los medios de comunicación. Sin duda estos factores han jugado y juegan un papel importante en estos resultados. Sin embargo, también es cierto que el victimismo es el refugio de la izquierda para evadir la autocrítica necesaria después de haber ejercido el poder durante al menos tres décadas en la región. Se trata de una actitud irresponsable pues allana el camino para que los triunfos de la derecha se consoliden.
Para intentar contribuir a esa autocrítica, propongo la consideración de algunos factores que inciden en el inmediato nivel de la vida cotidiana; y en un segundo orden de ideas, a los que se refieren a los proyectos y estrategias que evidentemente se han topado con el límite de su agotamiento, y que al final del día son los causantes profundos de la insatisfacción de la ciudadanía con los gobiernos y los partidos de izquierda. Factores que, en uno y otro caso, se han hecho presentes de manera genérica en la región, y que no logran contrarrestar las diferencias de cada caso particular.
En el primer nivel encontramos la corrupción y la inseguridad. Si hipotéticamente la izquierda vela por el bien común, la gran cantidad de casos de enriquecimiento inexplicable de la clase política en el poder, de la mano del desvío de recursos públicos que van a parar a las arcas personales para el consumo suntuario o para el financiamiento de empresas personales, termina por erosionar su imagen pública y deslegitimar su opción política. En este terreno, a largo plazo, el pragmatismo y la impunidad terminan por pagar un costo muy alto, frente al desdén por la ética.
Uno de los más elementales reclamos de la ciudadanía frente al Estado es garantizar la seguridad pública. Y en esta materia, la proliferación del crimen organizado en connivencia con diversos niveles de gobierno significa un enorme deterioro de la presencia de la izquierda. Y para colmo, año con año Latinobarómetro nos informa de las altas preferencias por gobiernos de mano dura frente a la alternativa de la democracia. Construir el camino para el arribo de gobiernos de derecha es una de las enormes paradojas de los gobiernos de izquierda.
En las urnas, el ciudadano vela por su interés particular. No tendría por qué ser de otra manera. Y en su interés, está gozar de seguridad y velar por el buen uso de los recursos públicos. Además, en ese interés particular, confronta la expectativa generada por los partidos y gobiernos de izquierda frente a los logros alcanzados en su vida cotidiana, en materia de empleo, salario, educación, salud, vivienda y alimentación.
Brasil es un caso paradigmático por el rescate de 50 millones de pobres en el primer gobierno de Lula gracias a su programa Bolsa Familia. Y este caso me sirve para ilustrar de qué manera los gobiernos de izquierda supusieron que eliminar las aristas del capitalismo salvaje significaba combatir el neoliberalismo, o al menos sus consecuencias. Pero resulta que la realidad de ese capitalismo salvaje es más terca que las intenciones de las políticas asistencialistas. De manera que en el largo ciclo de gobiernos de izquierda la pobreza en todo caso se homogenizó, pero no se erradicó; tampoco la exclusión y la desigualdad. Los ciudadanos que estaban en la base de la pirámide social quizá subieron un escalón, pero otros vinieron a sustituirlos. Y los que lograron subir ese escalón exigieron más, y no lo encontraron.
Así que vayamos a las causas profundas que generaron el desencanto social y el desdibujamiento de las opciones de izquierda en el panorama político electoral. Enumero algunas:La izquierda no logró construir un proyecto alternativo al neoliberalismo. Confundió este proyecto con asistencialismo. Se olvidó también de que ese proyecto requiere de vigorosas instituciones democráticas para deliberar y finalmente alcanzar un pacto social que logre un desarrollo compartido, sostenido y sustentable. En dicho pacto, la reforma hacendaria es fundamental, también el crecimiento del salario y del empleo. Finanzas débiles terminan por aumentar el déficit público y también por restringir el gasto social en educación, salud, vivienda y alimentación. Además del crecimiento de la deuda y de la inflación. Todo ello, lo sabemos, repercute en la calidad de vida de la población que a la postre se manifestará como reclamo a la hora de las urnas.
La apuesta de la izquierda por el fortalecimiento del presidencialismo ha ido de la mano del autoritarismo y de la desconfianza hacia las organizaciones sociales. También de la instrumentalización de los poderes legislativos y judicial. La fascinación por el líder fuerte, por una presidencia poderosa, ha estado presente en mayor o menor grado en la región. La nostalgia por el rey, de la que hablaba Edmundo 0’ Gorman es notoria, y obviamente va en detrimento de las instituciones y del ambiente democrático necesario para alcanzar los acuerdos sociales y políticos que logren definir y distribuir responsabilidades en un proyecto alternativo al neoliberalismo.
Erróneamente se ha pretendido desde la izquierda que ese proyecto alternativo al neoliberalismo está hecho sólo de variables y de parámetros económicos. Se olvidan de que detrás de cada una de esas variables existe un grupo social, y que la manera de alcanzar estabilidad con crecimiento e inclusión social es mediante el diálogo entre los actores y sectores sociales. Mientras se siga visualizando a la economía como el conjunto de instrumentos de política que se definen de manera vertical, el votante se encontrará como un ciudadano desilusionado frente a las urnas y buscará otras alternativas.
El reto que tiene la izquierda en la actualidad es mirarse con honestidad en un espejo, y reconocer errores y deficiencias. Es abrir las puertas a un debate para elaborar un diagnóstico sobre el porqué de su fracaso. El desafío es menos autocomplacencia y más autocrítica.

