1 noviembre, 2026

CATRINAS, CATRINES Y CALAVERAS: EL ROSTRO DE LA MUERTE EN MÉXICO.

Nohemí Téllez García.

En México, la muerte tiene rostro, viste de gala y se adorna con flores de colores. A diferencia de otras culturas donde suele representarse con oscuridad, temor y tristeza, en nuestro país se ha convertido en parte de una de las expresiones culturales más representativas: el Día de Muertos, una tradición en la que se recuerda a quienes ya no están, pero también se celebra la vida, la memoria y el vínculo que permanece con los seres queridos.
La relación de los mexicanos con la muerte tiene profundas raíces históricas. Desde las antiguas civilizaciones mesoamericanas existían ceremonias, creencias y rituales dedicados a los difuntos, en los que se concebía la muerte como parte de un ciclo natural. Con la llegada de los españoles, estas prácticas se encontraron con las celebraciones católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, dando forma a expresiones culturales y religiosas que, con el paso de los siglos, adquirieron características propias en las distintas regiones del país.

Uno de los personajes más reconocidos de esta tradición es La Catrina, cuya historia comenzó con el grabador y caricaturista José Guadalupe Posada, quien creó a finales del siglo XIX la imagen conocida originalmente como la Calavera Garbancera. A través de esta figura, el artista realizó una crítica social contra quienes, pese a tener raíces indígenas, buscaban aparentar una identidad europea y renegaban de su propia cultura. Su representación original mostraba únicamente un rostro de calavera adornado con un elegante sombrero.

Años después, el muralista Diego Rivera retomó aquella figura y le dio una nueva dimensión al representarla con un vestido elegante y convertirla en protagonista de su obra Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, realizada en 1947. Fue así como la Calavera Garbancera adquirió la apariencia con la que actualmente es reconocida como La Catrina, un personaje que trascendió el arte para convertirse en uno de los símbolos más representativos de la identidad mexicana. Su contraparte masculina, el catrín, evoca al hombre elegante y bien vestido, inspirado en las figuras de la sociedad acomodada de finales del siglo XIX y principios del XX.

Las calaveras también ocupan un lugar importante en esta celebración. Además de aparecer en grabados, artesanías, dulces y decoraciones, forman parte de una tradición literaria conocida como calaveritas, composiciones en verso que utilizan el humor y la sátira para hablar de la muerte, las costumbres y los personajes de la vida cotidiana. Estas representaciones reflejan una manera particular de abordar un tema que suele provocar temor, pues en México incluso se recurre a la ironía para recordar que, sin importar la posición social, el dinero o la apariencia, la muerte alcanza a todas las personas.

En los altares y ofrendas, cada elemento tiene un significado especial. Las flores de cempasúchil, con su intenso color amarillo y naranja, se utilizan para adornar los caminos que, de acuerdo con la tradición, guían a las almas hacia los hogares; las veladoras representan una fuente de luz para acompañar su regreso, mientras que las fotografías permiten identificar y honrar a quienes se recuerda. También se colocan alimentos, bebidas y objetos que fueron del agrado de los difuntos, como una forma simbólica de recibirlos nuevamente en casa. El pan de muerto, el papel picado, el copal y otros elementos completan estos espacios de memoria y convivencia.

La celebración no se limita a los hogares. En distintas comunidades del país, las familias visitan los panteones, limpian y adornan las tumbas, colocan flores, encienden veladoras y comparten alimentos junto a las sepulturas. Aunque las costumbres varían de una región a otra, el propósito es mantener presente a quienes fallecieron y transmitir a las nuevas generaciones una tradición que forma parte del patrimonio cultural de México. Por su riqueza y diversidad, las expresiones indígenas dedicadas a los muertos fueron reconocidas por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Así, entre catrinas, catrines, calaveras, flores y ofrendas, México ha construido una manera singular de representar la muerte. No se trata de olvidar la tristeza que provoca una pérdida, sino de encontrar en la memoria una forma de mantener vivos los vínculos con quienes partieron. Una tradición que cada año transforma calles, hogares y panteones en escenarios llenos de color, donde la muerte deja de ser únicamente un símbolo de despedida para convertirse también en una expresión de identidad, historia y cultura.

About The Author